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Aunque
en menor medida, también las razones económicas han hecho sopesar la
existencia de las corridas de toros. El año 1904, el gobierno de
Antonio Maura, con el visto bueno del Instituto de Reformas Sociales,
aprobará la Ley del Descanso Dominical, popularmente conocida como la Ley
de Protección a las Tabernas. Esta disposición, con el apoyo de la
iglesia, que sobrellevaba fatalmente la ausencia de fieles en sus
iglesias, y de los grupos progresistas, que consideraban que las
corridas eran crueles, que generaban desordenes públicos, que incitaban
a que la masa obrera desatendiera su trabajo y que, equívocamente e
incomprensiblemente, como siempre, veían en la Fiesta un enemigo acérrimo
a sus ideas, pretendía acabar con las corridas los domingos e
indirectamente, a medio plazo, con la Fiesta. Pero, de nuevo, el pueblo
se levantará ante la decisión de prohibir por prohibir y cien mil
almas en el Parque del Retiro de Madrid harán dar marcha atrás a la
abusiva disposición. Diez años después, y con motivo de la primera
guerra mundial, los argumentos que manejarán los grupos progresistas
atañen a los 4.000 caballos que se emplean en las corridas de toros
pues consideran que, como animales de tiro, no tienen mejor fin que el
frente de batalla. Para
acabar, la última de las razones, la más vil: las razones políticas.
Desde la primera mitad del siglo XVIII y hasta nuestros días han sido múltiples
los intentos por hacer desaparecer la Fiesta amparándose en esta
premisa. Felipe V prohibirá la participación a caballo de los
cortesanos en las corridas de toros, lo que dará lugar al origen del
toreo a pie; Fernando VI sólo las permitirá con el fin de recaudar
fondos públicos; Carlos III impedirá su celebración por Real Provisión;
Carlos IV provocará una nueva situación de menoscabo; durante la
Primera y la Segunda República se culpará a la Fiesta de ser la que ha
generado la situación decadente, social y económica, que se vive y
durante el régimen franquista de manchar la imagen de España; y en
nuestros días, de ser considerada la Fiesta Nacional. Tal
vez estos grupos, nacionalistas en mayor medida, políticos de pocas
luces y atropellado carácter, desconozcan que la Fiesta carece de
ideología, doctrina o pensamiento político, si no cómo podemos
entender que Lluís Companys i Jover, presidente de la Generalidad de
Cataluña desde 1934 y durante la Guerra Civil Española o Francesc Maciá
i Llussá, impulsor del Estatuto Catalán y uno de los fundadores de los
partidos Estat Catala y Esquerra Republicana de Catalunya, fueran
grandes aficionados e, incluso, Companys, en alguna ocasión, presidiera
alguna corrida, y, por el contrario, Francisco Franco Bahamonde, en su
etapa al frente del Estado, ignorara a la Fiesta y tan sólo se sirviera
de ella como medio de propaganda. Posiblemente también ignoren que el
nacionalismo catalán surgió allá por el siglo XIX como una corriente
cultural y que, como dijo otro reaccionario iletrado como
Federico García Lorca, los toros es la Fiesta más culta que hay en
el mundo. Además negarán que Barcelona llegó a contar entre 1914
y 1923 con tres plazas de toros, La Barceloneta, Las Arenas y La
Monumental y que sus ferias congregaban a gran cantidad de aficionados
llegados de todas las partes de la geografía nacional y francesa. La
ignorancia es tan atrevida que considerará a la Fiesta como franquista
o, para atemperar la expresión, españolista, e imaginará que
Espronceda, Théophile Gautier, Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Azorín,
Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Pérez de Ayala, Gómez de la
Serna, Bergamín, Henry de Montherlant, Gerardo Diego, Lorca, Vicente
Aleixandre, Dámaso Alonso, Hemingway, Alberti, Miguel Hernández, Blas
de Otero, José María de Cossío, Cela, Tierno Galván, Gregorio
Corrochano, José Sánchez, Joaquín Vidal, Rafael Campos de España, Alfonso Nacalón
nunca han escrito ensayos, poemas, novelas o crónicas a favor de la
Fiesta, como tampoco Goya, Doré, Zuloaga, Sorolla, Picasso o Botero
han teñido lienzos con la figura de un toro o un torero.
Porque
en Cataluña no es políticamente correcto ser aficionado, porque es una
Fiesta Universal, porque si existiera cordura debería estar
terminantemente prohibido prohibir, porque perderá la libertad y porque
los toros son un pretexto, desde la Federación de Peñas Taurinas de
Salamanca Helmántica creemos que ha llegado el momento en el que los
distintos estamentos de la Fiesta, incluida la afición, aúnen fuerzas
para llevar a cabo un proceso que la reconozca como Patrimonio
Inmaterial de la Humanidad, e instamos a la Junta de Castilla y León
a través de su Consejería de Interior para que esta comunidad
lleve a cabo los trámites pertinentes que reconozcan a la Fiesta
Patrimonio Inmaterial de Castilla y León. Además, apoyamos públicamente
a todas aquellas instituciones o colectivos que así lo pretendan. Será
una forma de defender la Fiesta y reafirmar nuestra afición. Ya lo
escribió hace más de cien años el autor de la zarzuela La Verbena
de la Paloma: Es función muy española/ que corre de prole en
prole/ y ni el Gobierno la abole/ ni habrá nadie que la abola Federación
de Peñas Taurinas de Salamanca Helmántica Salamanca,
18 de diciembre de 2009
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